Sobre Ruedas

Cuando les dijo a sus papás que se iba a casar, pegaron el grito al cielo. Cómo era posible que él tuviera tal ocurrencia. “Eso no lo puedes hacer, eres un discapacitado, hijo mío”, se oyó la dulce pero firme voz maternal.

-¿Por qué no, si ya a mis 33 estoy en una buena edad? Además gano un buen sueldo en el banco.

Precisamente- le contestó el papá, mientras la mamá sólo asentía con la cabeza- creemos que Adriana no te quiere, que sólo le interesa tu dinero. Además no estamos seguros de que seas totalmente independiente, quizás necesitas todavía de nosotros.

Y la discusión fue subiendo de tono hasta que desembocó en una salida abrupta del hijo, que se dio el lujo de azotar la puerta. Se subió, como nunca se había subido a su coche: de un solo salto. Le quitó las llantas a la silla y la metió con un poco de violencia al asiento del copiloto. Arrancó con rechinido de por medio y se fue.

Desde entonces no supieron de él. Hasta hoy por la noche.

Y es que la preocupación devino en costumbre y así fue pasando el tiempo, hasta cumplirse casi un año en que no hubo ni siquiera una llamada telefónica del hijo. Pero hoy por la noche se enteraron de su paradero y de sus nuevas actividades: en el noticiario dieron a conocer a los empleados de Banco Azteca que habían cometido un millonario fraude. Allí estaba él, en su silla de ruedas junto con los demás delincuentes con quienes confabuló el mentado ilícito. Ahora pasarían una larga temporada en la cárcel. “Eso no lo puedes hacer, eres un discapacitado, hijo mío”, se oyó la voz de su madre quien después de ver las noticias del desfalco bancario apagó sin más el televisor y se fue llorosa a su recámara.

Y es que la preocupación devino en costumbre y así fue pasando el tiempo, hasta cumplirse casi un año en que no hubo ni siquiera una llamada telefónica del hijo. Pero hoy por la noche se enteraron de su paradero y de sus nuevas actividades: en el noticiario dieron a conocer a los empleados de Banco Azteca que habían cometido un millonario fraude. Allí estaba él, en su silla de ruedas junto con los demás delincuentes con quienes confabuló el mentado ilícito. Ahora pasarían una larga temporada en la cárcel. “Eso no lo puedes hacer, eres un discapacitado, hijo mío”, se oyó la voz de su madre quien después de ver las noticias del desfalco bancario apagó sin más el televisor y se fue llorosa a su recámara.

Todo empezó, quizás, cuando se casó con Adriana; pues aunque sus papás se lo advirtieron una y otra vez de que no lo hiciera, siempre fue renuente y no los escuchó. Y casi como castigo divino, al cabo de unas semanas ella le comenzó a pedir el divorcio, porque, según su perspectiva, no recibía de él lo que merecía: comidas en buenos restaurantes, vestidos caros, viajes y un largo y costosísimo etcétera.

Adriana había sido su terapeuta física que le adiestró en todas las habilidades necesarias para el manejo de la silla de ruedas, el traslado al auto adaptado y el manejo de éste, aun cuando fue precisamente en un coche donde se convirtió en un parapléjico a resultas de una volcadura en carretera.

Adriana le fue exigiendo cada vez más lujos, a partir de que vivieron juntos en matrimonio, hasta que una noche, ya harta de vivir en la precariedad, le dijo:

-Si es preciso, roba.

Y sí, robó.

Pero a las pocas semanas lo descubrieron a él y a sus cómplices.

Ahora esto lo recordaba él tras las rejas. Y mucho le sirvieron las terapias físicas que le enseñó Adriana, pues a los pocos meses pudo escapar de la cárcel, con todo y silla de ruedas. Y así fue como llegó a su modesto departamento – el que fuera su dulce hogar- y encontró a Adrianita durmiendo con otro hombre. Los mató a los dos con la magnum que había comprado en los tiempos en que empezaba a ver los beneficios del fraude bancario.

Luego se le hizo fácil seguir matando gente, pero no a todos, sólo a los que encontraba besándose en algún parque o en algún auto. Eran los estragos de su pasión trunca.

Nadie lo ha podido encontrar – ni padres, ni amigos, ni enemigos, ni policías judiciales- aun cuando saben que anda por ahí con esa magnum dando tiros a diestra y siniestra.

De hecho ya las amorosas parejas dejaron de besarse en los parques, los autos y aún en los cines. Y es que todo el que escucha su sonido de ruedas, es un muerto, segundos después, al grito de “¡estas son mis capacidades distintas, desgraciados!”

Pero siempre en su cabeza, ya de asesino serial, retumba la dulce voz de su madre: “Eso no lo puedes hacer, eres un discapacitado, hijo mío”.

Ahora que terminé el párrafo anterior me pareció escuchar el suave y terrible sonido de sus ruedas. Así que mejor aquí dejo el cuento, no vaya a ser la de malas, aunque no estoy besando a nadie…

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